Bodas arregladas; entre la tradición y el abuso en la Montaña de Guerrero

Los Rodríguez son una familia na savi de Cochoapa El Grande en la que ha habido tres bodas arregladas entre menores de edad, enlaces en las que se paga a la familia de la novia para consentir el matrimonio. No consideran que estén comprando mujeres. Para ellos, el matrimonio y el amor son diferentes a como los ven en el mundo occidental.

Baltazar Rodríguez, el jefe de la familia, afirma que amor es tener muchos hijos, sembrar maíz y verduras para alimentarlos sanamente, disfrutar a los nietos y atenderlos cuando necesiten algo.

Él no se casó por la iglesia. Se juntó cuando tenía 14 años y Juanita, su esposa, 13. No se conocían. Llevan 38 años juntos. Tuvieron cinco hijos, dos mujeres y tres varones, que ya les dieron nueve nietos.

Si la boda de Baltazar hubiese ocurrido después del 4 de junio del 2019, la ley castigaría a sus padres por hacer un acuerdo así.

A partir de ese día, entró en vigor en 31 códigos civiles de los estados de la República la prohibición del matrimonio de menores de 18 años. Sólo Baja California conserva excepciones y dispensas en sus leyes estatales.

Ahora, toda boda de menores de edad, sin importar usos y costumbres, será penada en México.

 

Entre los usos y costumbres, el abuso

El Centro de Derechos Humanos de la Montaña, Tlachinollan, ha documentado durante 19 años, más de 200 matrimonios forzados en la región de la Montaña, lo que indica que no todas las uniones– aunque en las comunidades defiendan las costumbres–, se dan de mutuo acuerdo entre los contrayentes; muchas mujeres buscan ayuda legal para disolver pactos de los que no se enteran hasta que tienen que contraer matrimonio.

Neil Arias Vitilio ha sido la esperanza ante la impunidad. La abogada de Tlachinollan cuenta que, desde el Ministerio Público, la Policía Comunitaria, jueces de paz y alcaldes, no sólo han consentido esta práctica de cambiar dinero o pagar por una mujer, sino que obligan a consumar tratos abusivos argumentando “usos y costumbres” y extorsionando a las familias.

“En estas bodas, son los familiares del hombre los que dan el dinero para la fiesta y llegan a gastar cantidades de entre 40, a 140 mil pesos. Los hombres creen que compran una cosa, una mercancía, luego hay violencia en el hogar. Estos mismos les dicen a las niñas: yo te compré, tu me vas a servir a mí”, explica Arias.

Otro abuso que ha documentado es cuando casan a las niñas, para después llevárselas de jornaleras agrícolas a campos de Sinaloa, Chihuahua, y Zacatecas: mano de obra barata. “Tanto trabaja la niña, la mujer, el hijo”. Algunos novios se endeudan para realizar su boda. Para pagar, ya casados, se llevan a la esposa con ellos a los campos de siembra: es como si de algún modo, la novia pagase por sí misma, yendo a trabajar al campo forzadamente.

Dice Neil que le han llegado casos de niñas entre 12 y 13 años que estando en los campos agrícolas son pedidas en matrimonio o las casan de acuerdo a la tradición. Trabajadoras sociales de esos espacios han constatado esas uniones entre menores de edad, algunas veces las niñas ni siquiera han tenido su primer periodo menstrual.

Por el fenómeno migratorio, varias parejas contraen nupcias fuera de Guerrero bajo el mismo esquema tradicional. Tlachinollan da seguimiento a tres casos de niñas de 13 y 14 años abandonadas embarazadas que migraron para trabajar: jóvenes pedidas en matrimonio y luego dejadas.

Este año registraron al menos cuatro casos de mujeres que se rebelaron a casarse a la fuerza. Neil considera que no aumentó la incidencia, pero sí hay más denuncias, se visibilizan más. La abogada considera que debe haber un cambio cultural pero primero debe haber justicia. La impunidad de estos casos es del 100 por ciento: no hay hombres pagando por estas conductas.

Muestra algunos casos. El primero es de una mujer que huyó el pasado 8 de marzo de su comunidad. Ella se casó y la mamá del novio la devolvió a los dos años. Dijo que la chica no servía porque no procreó en ese tiempo. Le exigieron a ella y sus abuelos los 80 mil pesos que se gastaron en una fiesta donde hubo grupos musicales y comida para todo un pueblo.

Patricia de 16 años de edad dijo claro: yo no voy a regresar con él. Y aunque el fiscal de pueblos indígenas la amenazó con un “término” para devolver el dinero, Tlachinollan pudo evitar que amedrentara a la familia. No hay ningún argumento, dice Neil, más que los usos y costumbres. “Le dije al fiscal: ¿usted conoce la Ley General de Mujeres a una Vida Libre de Violencia? Eso que hace, es violencia”.

Otra niña na savi de 14 años de edad que estudiaba la secundaria técnica en Metlatónoc, porque en su pueblo, Cochoapa El Grande no hay, regresó un día a ver a sus papás y un muchacho de 19 años se la robó. “¿Qué le va a decir la muchacha?, no se regresó luego luego, se sienten sucias. El reproche social es fuerte: si un día ya te dormiste con un muchacho ya no vales”. Las amenazan con hacerles brujería a ellas, a sus familias.

La niña de secundaria decidió escaparse de la colonia donde la raptó el joven, una vez que no hubo luz. Ella fue con su suegra a llevar velas a la iglesia y logró correr hasta casa de sus papás. Esto ya ocho meses después de ser esclava de la familia. Un juez de paz intervino, le exigía que regresara: “(la familia del novio) le dio dinero al juez de paz, y él hizo un documento –que la niña nunca firmó–, donde según ella dice que está por su gusto”.

La policía municipal la buscaba y prefirió huir de su casa. Toda su vida cambió. Dejó de ir a la secundaria.

No importa que la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) esté contra estas uniones, si en el estado jueces y magistrados resuelven sentencias injustas y misóginas, lamenta la abogada.

Pone otro ejemplo: “un juez de primera instancia absolvió a un sujeto que violó a una niña de 14 años. La niña vino a trabajar…El sujeto la viola anal y vaginal. La mandó al hospital. El juez dice que la niña no fue reactiva, que debió reaccionar. Logramos que revocaran la absolución”.

Considera que esta violencia puede llegar a casos de feminicidio. Es un atentado contra su cuerpo, voluntad, y dignidad.

 

Una boda por gusto

Es mayo. La casa de la novia en una comunidad na savi de Cochoapa El Grande está repleta de gente, comida y bebida. En la cocina un grupo de 15 mujeres: tías, madrinas, hermanas, primas y sobrinas del novio vigilan enormes ollas con agua caliente. Las mujeres caminan diligentes. Se preparan para no dormir. Tienen que desplumar, cocer y cocinar las 30 gallinas y 10 guajolotes para la boda. Ponen el nixtamal para las tortillas que darán en el banquete y pican verduras para los mixiotes de carne.

–¡Shuj’guaáh! ¡Es perro!, traduce en dos gritos una tía del novio corriendo al animal que merodea cerca de una gallina lista para guisarse.

Gu ma, es tortilla; yaj’duúj, caldo; í’shí, maíz; gu’ni, humo, aprenden de las señoras tres amigas de la novia que ayudan unas horas, y que jamás habían desplumado a una gallina.

– Mam bayá quiere decir, te voy a ayudar y nando'gu hua, te quiero, instruye la madrina.

Es medianoche. Las mayores dialogan en me'phaa (tlapaneco) dentro de la cocina pequeña, calurosa y repleta de humo. Despluman gallinas, platican su travesía de siete horas, desde su comunidad hasta acá. Están cansadas y apuradas. Cuentan que cuando se casaron no fue así, sus parientes las ayudaron en todo. Hoy la familia del novio puso dinero y trabajo; la de la novia, su casa. La boda será entre un me'phaa y una na savi (mixteca).

El bullicio de la cocina de madera contrasta con el silencio del patio. Tíos, padrinos, hermanos, primos y sobrinos del novio parten en pedazos la res que costó 35 mil pesos (1.800 dólares) y alimentará a unos 200 invitados de la comunidad Na Savi, a ocho horas de Chilpancingo, la capital del estado. Los hombres separan las vísceras de vaca en charolas. Beben cuartitos de cerveza caliente. En la habitación contigua están sentados los “principales”: ancianos que aconsejan a la nueva pareja para preservar sus tradiciones.

Habría dos grupos musicales: banda de viento y cumbia mixteca; 200 cartones de cerveza y cigarros, más 100 paquetes de refrescos para agasajar a los invitados. Todo esto costó mínimo 160 mil pesos, según calcula el “embajador” figura que, ante la ausencia del papá del novio, vino a pedir a la novia, a ofrecer disculpas porque se casará embarazada, y a brindarle al papá de la novia lo que pida. Hubo un listado llamado “relación” con peticiones de comida y bebida. Además, dieron dos guajolotes grandes como “presente”.

El día de la boda, los novios están cansados porque las cosas no salieron como estaban planeadas. Les falló el grupo musical: no se puso a tiempo. No contrataron al videasta que grabaría toda la boda como se acostumbra: misa, brindis, partida de pastel, víbora de la mar. La familia de la novia está molesta, mientras señoras de huipiles multicolores bailan con sus cervezas en mano.

La panza de novia se nota a pesar de la crinolina del vestido. Están en la calle frente a su casa. Poco a poco, minutos antes de que repartan los mixiotes y cervezas, mujeres de todas las edades van a colgarles billetes en todo el cuerpo sobre sus ropas. Entre ambos novios juntan unos ocho mil pesos. Hay billetes de a 20 pesos y algunos dólares. El estrés de lo que no sale bien, tampoco los desborda, se miran fijamente y acuerdan irse el lunes para retornar a sus clases, es decir, en sólo dos días.

Tienen 20 y 21 años de edad. Estudian en la Escuela Normal Regional de la Montaña para maestros. Desde hace un mes que la familia de la novia sabe del embarazo de seis meses, ella vive con el novio y él paga su educación. Al término de su boda por la iglesia se dan un beso. La chica no usa huipil mixteco sino vestido blanco, él traje sastre: saco, camisa, corbata y pantalón.

 

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